29 de septiembre de 2016

Final de una penosa patraña ---------------------

LA ÚLTIMA DECADA NO FUE GANADA NI 
PERDIDA. FUE UNA “DÉCADA MENTIDA”


   Casi un tercio de los argentinos es pobre y basta con ser algo menos que un burro para caer en cuenta que ese calamitoso estado no se consigue en 10 meses, sino que es el arrastre de años y años de falacias, quimeras y ficciones que se fortalecían con el asistencialismo exacerbado que desde el poder le llamaban pomposamente “acción social”.
   Ahora, en serio, partimos desde una dolorosa verdad para tener al mediano plazo las herramientas sinceras que permitan juzgar si eso de “pobreza cero”, fue un impacto de campaña u otra de las tantas patrañas a las que acuden los políticos a la hora de activar su siempre listo y aceitado promesómetro.
   Los argentinos hemos perdido demasiado tiempo durante la bonanza sojera y el moderado crecimiento económico que marcaron las estadísticas serias y confiables, dejando escapar la histórica posibilidad de reducir casi drásticamente tanto pobreza como indigencia, pero por algunas multimillonarias razones que ahora se ventilan en la Justicia, aquella riqueza se volatilizó para reaparecer indignamente en paraísos fiscales, en conventos, bóvedas, cajas de caudales y otros indecorosos embutes, tomando en cuenta que esas maniobras no fueron privativas de los nostálgicos que ahora añoran volver, sino también de algunos otros que a través de las urnas creyeron haberse graduado de honestos.
   Mes a mes, si realmente se termina con ese delirio de maquillar la realidad y los números que divulgue el poder son ajustados a la verdad, sabremos dónde estamos parados con relación a la pobreza.
   Quevedo lo sostuvo un montón de años atrás: “En la casa donde falta el pan, todos riñen y todos tienen razón”.
   De alguna manera y sin dilaciones no es tan sólo la premura de alimentarlos, atenderles la salud, educarlos y respetarlos, sino devolverles la dignidad del trabajo genuino reemplazante de la dádiva y la limosna, que al menos diluyan aquellas dolorosas alusiones a Louis Vuitton.
   Sería imperdonable que la situación se agravara por falta de soluciones o de remiendos instrumentados desde el poder, porque los pobres están.
   Son inocultables. 
   Son una emergente y fabricada vergüenza para un país rico que durante más de una década los estuvo escondiendo, negando su existencia y dibujando embusteras estadísticas para mostrarse hacia adentro y hacia el exterior como un modelo político exitoso que según rebuznaban era ejemplo para el mundo.
   A los responsables que esto ocurriera, ni siquiera les cabe el perdón de Dios.
Gonio Ferrari