13 de octubre de 2016

¿Seguimos con lo mismo? ---------------------

EN LA ERA ‘K’ SE LO CONOCÍA COMO
CLIENTELISMO Y AHORA TIENE OTRO
NOMBRE: ES “SENSIBILIDAD SOCIAL”

La sabiduría del Martín Fierro: ‘Debe trabajar el
Hombre / para ganarse el pan:/ pues la miseria,
en su afán/ de perseguir de mil modos,/ llama a
las puertas de todos/ y entra en la del haragán’.

   Uno de los aspectos más cuestionados durante los gobiernos kirchneristas fue su marcado apego al asistencialismo, casi como reemplazante de la mano de obra productiva al menos para las estadísticas donde los “planeros” aparecían mágicamente como trabajadores.
   Esa enfervorizada manera de asegurarse votos fue uno de los factores que deterioró seriamente a la cultura del trabajo, reemplazada por el facilismo y la dádiva que los beneficiarios recibían sin ningún compromiso de contraprestación como se aplica en muchos otros países, de levantar escuelas, arreglar rutas, limpiar plazas, barrer hospitales u otras tareas que tienen el objetivo de dignificar con esfuerzo lo que se cobra.
  
Esos planes que durante más de una década asumieron la dimensión y la práctica de becas a la vagancia, hirieron casi de muerte a la actividad laboral e hicieron elevar los índices de desocupación y desindustrialización, aunque los nostálgicos detractores de la autocrítica aún se apeguen a las mentirosas estadísticas que se dibujaban para mostrar al mundo una falsa imagen de bienestar y prosperidad.
   Basta con hacer mención a los índices de pobreza, ocultos durante casi tres años, después de mentir que en Argentina había menos indigentes que en Alemania y ahora, sincerada la estadística en ese rubro, era para pensar que la lucha contra la pobreza, en todo el territorio nacional, sería frontal, inteligente y creativa, como para propiciar fuentes de trabajo que nos recuperen de las ruinas como Estado y devuelvan al proletariado la dignidad de la transpiración y el sacrificio.
   Sin embargo el apremio de los relojes y las bravatas permanentes de la columna vertebral del justicialismo que es la dirigencia gremial, mostró las uñas de su férrea oposición y fue creando un ambiente propicio para el inconformismo primero, la protesta después y la amenaza de paralizaciones y otras reacciones más violentas como consecuencia de lo anterior, motorizadas desde los sectores kirchneristas menos resignados a los cambios que se imponen si lo que buscamos es la hazaña o el milagro de crecer desde los escombros.
   Llegamos a pensar que el clientelismo era una etapa superada en la Argentina del cambio, pero la realidad a fuerza de cimbronazos nos demostró que esa práctica, lejos de haber pasado a ser un reprobable recuerdo, ahora goza de una absurda e inmerecida lozanía: el gobierno nacional ayudará con 150 pesos por barba al gobierno del cordobesismo que pondrá 450 y 30 los almaceneros, para  sostener y aplicar un sistema destinado a familias sumergidas en la indigencia.
   Y adecuándose -sí, en este caso- a los mandatos de la modernidad, esta especie de vacuna
contra el malestar de diciembre ya tiene el plástico formato de la tarjeta de crédito aunque no hay que pagarla sino pedirla y merecerla para comprar alimentos por valor de 600 pesos para casi 70 mil familias ubicadas bajo el nivel de indigencia.
   La presentación formal de esta novedad, que entrará a regir el 1 de noviembre, estuvo a cargo del propio Juan Schiaretti y según la información oficial, el primer mandatario provincial en un alarde de innovación en materia de discursos dijo entre otras cosas que "Es una vergüenza la pobreza. El país se desintegró durante la dictadura. Se rompió el tejido social. El Estado debe liderar el combate contra la pobreza. El empleo es el único remedio para la pobreza", agregó el gobernador y afirmó que, con la tarjeta social, se acaba el "clientelismo".
   ¡Cosas vederes Sancho! diría el Quijote y ¡cosas escuchares, Pancho! decimos por nuestra parte.
   Desde el ’83 hasta nuestros días han transcurrido ¡33 años! y ningún gobierno ha sido capaz de recomponer aquel deteriorado tejido social.
   El clientelismo jamás se terminará mientras los gobernantes persistan en su malsana costumbre de congraciarse con los sectores postergados buscando siempre un rédito, como en este caso es calmar los ánimos populares en creciente exaltación frente a la proximidad de las fiestas de fin de año, corriendo el riesgo que suceda lo de siempre: el funcionamiento de un maldito mercado negro que transforme ese valor de 600 pesos en 400 o menos pesos en efectivo, reprobable mecanismo con abundancia de cultores y oportunistas.

  Y si es cierta su sesuda afirmación que “el empleo es el único remedio para la pobreza”, ¿por qué en lugar de la limosna plástica no se opta por la creación de fuentes de trabajo que no sean solo de empleos administrativos estatales?
   Hay muchas maneras de alentar emprendimientos productivos para pequeños grupos y ese dinero -41 millones de pesos- del que se dispondrá mensualmente bien puede aplicarse a una gestión que aparte de ser generadora de mano de obra, sirva para hacer recuperar dos valores que si se han perdido: la cultura del trabajo y la dignidad de la ocupación, del esfuerzo y del sacrificio.
   Ese sí, y no la continuidad del clientelismo populista, debiera ser el objetivo que el gobierno tiene la obligación de alentar.
   Porque de vagancia rentada disfrazada de “sensibilidad social”, los argentinos ya estamos hartos.
Gonio Ferrari