1 de noviembre de 2016

CUESTA ASUMIR COMO SERIO QUE ESO ES UN DIPUTADO ARGENTINO

La burla y el ridículo son, entre 
todas las injurias, las que 
menos se perdonan. (Platón)

   Una de las manifestaciones mejor observadas de la convivencia en sociedad es el respeto hacia la privacidad, las intimidades ajenas y la mesura, que vendrían a representar una de las variantes de la necesaria y saludable tolerancia. Para el común de la gente estos preceptos tienen la vigencia de su práctica y por lo general -aparte de situaciones puntuales que suelen surgir entre vecinos, por ejemplo- son de plena aplicación en la vida cotidiana.
   Sin embargo para aquellas personas cuya actividad las transforma en públicas, quedan sujetas a otro estilo de vida a veces exageradamente expuesto, que tanto la privacidad como la intimidad dejan de protegerlas y pasan a la categoría de “famosas” para muchos envidiada y denostada por los que a toda costa luchan con el ánimo de preservarlas. Ser alguien “notable” tiene sus riesgos porque en los seres tocados por la varita mágica de la popularidad todo resalta, más lo negativo que lo positivo y a veces la fama mal asumida conduce al más resonante e inolvidable de los ridículos.
   Moria Casán sobresale por sus conocidas dotes histriónicas que no alcanzan a diplomarla como actriz, salvo que en los escenarios de la revista porteña se confunda la escala de los talentos, a lo que se le suma su estudiada pose contestataria e hiper cuestionadora hacia afuera, siempre alejada de la autocrítica. Política e ideológicamente inestable -generosidad de mi parte en la evaluación- está enrolada en las huestes de los que risueñamente son considerados activistas del Sindicato de Traidores con afiliados de la talla de Borocotó o Leopoldo Moreau por citar solo dos casos.
  José Ottavis es un joven emprendedor, fanatizado con La Cámpora, ahora Diputado Nacional quien recibió como premio a su sacrificada y rentada militancia, nada menos que
esa postulación para formar parte del mismo cuerpo que alguna vez integraron Narciso Laprida, Pueyrredón, Godoy Cruz, Binner, Alfredo Palacios y una interminable nómina de otros notables que enriquecieron y honraron nuestra historia.
   Pero este muchacho se enamoró, se hipnotizó, se obnubiló o se fascinó, que son los atavíos con los que por lo general se viste la simple, llana y humana calentura. Optó primero por sucumbir a la casi súbita y exagerada celebridad de esa señorita pectoralmente abundosa que se dio el lujo de pilotear un avión de Aerolíneas Argentinas -nuestra línea de bandera- con lo que adquirió pasajera reputación que dicho sea de paso, ya gozaba. 
   Y como la vulgaridad y la chabacanería de medio pelo ya le tiraba de sisa y pretendía ascender por encima de su estatura, Ottavis tomó distancia de ese símbolo de la opulencia y se inclinó por Moria -aunque en realidad quien se inclinó fue ella- hasta el punto de hacer saltar los fusibles de nuestra percudida farándula tinelliana que los rotuló virtualmente como “¿pareja?”.
   Habrán sido breve y plenamente felices y juguetones con la aureola de la nombradía -en el ocaso para ella- y el auge que por poco tiempo les prestó aplausos y lustre hasta que cayeron a la vulgaridad y la ordinariez de la grosería compartida, luciéndose en una fiesta, seguramente privada, pero que tuvo entre sus concurrentes a los infaltables fotógrafos que perpetúan imágenes.
   No vale la pena definir las sensaciones que provoca la fina estampa del legislador nacional elegido por el pueblo, aunque sea parte de su intimidad que no es tal por tratarse de un hombre público que debiera ser ejemplo de mesura, aunque fuera en un marco de íntima hipocresía.
   Comentan por allí que en las tumbas de quienes pasaron por las bancas del Congreso y dejaron su impronta memorable de laureles, había ruidos demasiado parecidos a las náuseas, que partían desde el fondo de nuestra herida e injuriada historia.
Gonio Ferrari