17 de noviembre de 2016

¿Respetamos a los irracionales? --------

LOS TOROS, LOS CABALLOS Y LOS
GALGOS NO ELIGEN CÓMO SUFRIR

   Solamente con el título me estoy ganando el odio y el rechazo de todos aquellos que en el mundo y también muy cerca de nosotros, viven de alguna manera merced a los beneficios que les otorga el sufrimiento de seres que no tienen cómo defenderse de la insensibilidad humana.
   Ya lo sé: me dirán que existen de por medio cuestiones culturales arrastradas por los siglos y que las tradiciones no se deben alterar porque en alguna medida son parte de la memoria de los pueblos, pero esos detractores deben saber también, si es que algo de sentimiento los acompaña, que el padecimiento de los seres vivos y desvalidos ocupa asimismo un lugar histórico en las tradiciones universales.
   Caballos fibrosos, toros de duras carnes y perros de puro cuero y huesos, digamos que no son de lo mejor para la alimentación y el buen paladar del consumo, si es que se buscan ciertas comparaciones con terneros, pollos, conejos, palomas, jabalíes, lechones, pejerreyes, cabritos o todo aquello que forma parte de la cadena alimentaria de nosotros -aunque no todos- los humanos.
   El problema radica en otro aspecto donde se entremezclan las palabras esclavitud, maltrato, apuestas, sangriento espectáculo, o lo que se realiza en nombre del folklore o de una tradición, que cuenta con apoyo de los gobiernos y beneplácito de algunas comunidades que se nutren económica y laboralmente de esa actividad, pero que pretenden suavizarlo socialmente destinando esos dineros a la atención de la educación o con otros fines benéficos.
   Por suerte entre nosotros no existen las corridas de toros, salvo ese inocente remedo que anualmente se recrea allá en el Norte, en Casabindo, donde “torean” a becerros pero no los matan. A la doma donde las espuelas lastiman en serio se la pasó a llamar “jineteada” pero caballos y yeguas siguen muriendo en la pista en un escenario de aplausos al domador y penosa indiferencia por la bestia.
   Ya es ley la prohibición de las carreras de galgos, aprobada en Diputados pese a los votos en contrario del kirchnerista Frente para la Victoria. Quedó al descubierto la enorme trascendencia de los intereses en juego en el tráfico de estos animales, en los dinerales que se mueven a la hora de las apuestas y las influencias que amparaban a los cultores de esa costumbre, que cuando sus galgos pierden capacidad competitiva, los abandonan o se les aplica una atroz pena de muerte.
   ¿Tienen estas víctimas irracionales algún mecanismo que les permita salvarse de la tortura a la que son sometidas por sus amos o al menos algo que les permita luchar por sobrevivir?. Al toro lo debilitan desde el corral y de a poco lo picanean para provocarle hemorragias; al equino lo castigan con las espuelas y los rebenques; a los galgos con el hambre, alimentándolos al límite de la inanición, con tal que conserven musculatura.
   Todavía quedan las clandestinas, concurridas, encubiertas y sangrientas peleas de perros y las riñas de gallos, a las que de alguna manera hay que ponerles un final aunque sus cultores insistan con que el combate es una cuestión de instintos irrefrenables.
   Todo esto porque los toros, los caballos, los galgos y los perros de las otras razas peligrosas no pueden elegir la manera de sufrir, que es su maldito destino. 
   Porque incluso a los animales no les basta con la lástima, porque si algo los amamos, por lo menos merecen respeto.
Gonio Ferrari