30 de noviembre de 2016

Tenis y fútbol -------------

EUFORIA POR AQUÍ Y 
TRAGEDIA POR ALLÁ


  Dos acontecimientos diametralmente opuestos en sus consecuencias vivimos en las últimas horas, con relación al deporte: la prolija victoria de nuestro equipo nacional de tenis en la lejana Zagrev conquistando la codiciada Copa Davis y el terrible accidente aéreo en territorio colombiano que se ensañara con el simpático y promisorio conjunto brasileño de Chapecoense, que se aprestaba a disputar la final de un torneo americano.
  Para el ciudadano común, amante de las disciplinas del músculo, un durísimo golpe por la antagónica magnitud de ambos acontecimientos que en pocas horas trasladaron la alegría del festejo a un pavoroso escenario de tragedia, lágrimas y luto. 
   Y ahora con la mente serenada y el corazón a su ritmo habitual, estamos en mejores condiciones de dimensionar la gesta argentina no tan solo en Croacia, sino a lo largo de estos últimos años en los que el otrora "deporte blanco" creció para zafar del corsé que le imponía esa creencia del imaginario popular de ser un deporte elitista.
   Las frustraciones quedaron atrás, en la bruma de las broncas y en el mal recuerdo de los desencuentros que tuvieron por escenario la dirigencia y el seno del propio plantel, en cierta medida ganado por el vedetismo que fue el principal enemigo de un éxito por entonces merecido y no alcanzado.
   Ya está para la historia el trofeo más ansiado, que sirvió de antídoto para las duras críticas que en su momento se abatieron sobre algunos tenistas, que tuvieron actitudes que desde ciertos sectores calificaron como poco comprometidas con el orgullo de representarnos con  los colores patrios ante el mundo.
   Regresar a los pergaminos de la fama que se creían perdidos será sin dudas tomado como un premio extra a tanta pasión, a tamaño sentido del compromiso y a esa actitud de dura lucha contra la adversidad, los dolores, el quirófano y la inactividad insuperable que fue el peor de los fantasmas que acosó a "La torre" tandilense. Y si le sumamos las pocas chances que le asignaban al casi ignoto muchacho de Azul, la dimensión de la hazaña adquiere un nivel histórico.
   Ellos fueron las caras más visibles de la proeza alcanzada por un equipo compacto en sus principios y en su gestión, siendo un deber asignarle enorme trascendencia a lo que hicieron los entrenadores, sicólogos, terapeutas, utileros, nutricionistas, en fin todo el conjunto que en Zagrev llegó a la esperada consagración.
   Y en el otro extremo de la sensibilidad humana y lejos del terreno donde se dirimen las victorias y las derrotas, la improvisación en la contratación de sus traslados, llevó a la muerte a 70 personas, entre ellas los integrantes de un equipo del fútbol brasileño que dado su modesto origen, había sorprendido al llegar a la instancia final de un certamen continental que la tragedia le impidió enfrentar.
   La conmoción inicial dio paso, con el correr de las horas, a la certeza que el desastre se pudo evitar, si en su momento la racionalidad hubiera sido parte de la negociación del contrato con una empresa de dudosa reputación, sin seguro, desatendido mantenimiento y escasa previsión humana a la hora de calcular distancias y consumo de combustible.
   Ocurrió lo que pudo haber padecido nuestra Selección de fútbol que utilizó para uno de sus traslados, 20 días antes, el mismo avión de una empresa venezolana pero con bandera de Bolivia que operaba desde Paraguay, según se estableció en las últimas horas.
   El dolor no tiene banderas y no sabe de fronteras, pero se acentúa cuando la toma de conciencia llega a la convicción que el drama no hubiera ocurrido si mediara en su momento la racionalidad en todos los factores humanos involucrados.
   Alegría por la guapeza de unos y dolor por la desdicha de los hermanos brasileños se mezclaron en pocas horas, dejándonos una curiosa y amarga sensación de espanto por una parte y de hazaña por otra.
   El luto universal frente al calamitoso infortunio de los futbolistas brasileños y de todas las víctimas de la catástrofe, que al menos sirva para aportar eso tan declamado como inútil y tardío que es la resignación.
Gonio Ferrari