14 de diciembre de 2016

Históricos papelones “periodísticos” ----------

ORLANDO BARONE, DESDE SU DELIRIO
A LA HUEVADA DE “BERNY” NEUSTADT 

   Jalonada por risueños o impactantes ejemplos, añejos o contemporáneos, está poblada desde el fondo de los tiempos la historia de los papelones protagonizados por mis colegas periodistas, en sus versiones tanto masculinas como femeninas. No es cuestión de hacer ahora un recordatorio de los más salientes o difundidos con lo que -de paso- evito figurar allí porque alguna vez me tocó ser protagonista de un fiasco.
   Si comenzamos por uno de los más recientes, aparece la demanda que anunciaron iniciará Orlando Barone, ex “espada mayor” del militante espacio kirchnerista 6-7-8 que difundía la TV oficialista, con especial dedicación al menoscabo, la ofensa, la descalificación, la ridiculización y la ignominia hacia todo aquel invitado o entrevistado que osara cuestionar al modelo nacional & popular vigente por más de una década o que no comulgara con sus postulados.
   Barone a veces lucía una estudiada ironía pero su alto compromiso con el gobierno lo hacía derrapar y caía con frecuencia a la cuneta de la irrespetuosidad, la agresión y la infamia.
   Resumiendo, Barone era una especie de impune y bien remunerado torturador civil con capucha de periodista.
   Pero cayó en la misma actitud de imprevisión política que muchísimos de sus conmilitones, albergando esa íntima certeza de gozar del poder a perpetuidad, hasta que la realidad de las urnas le hizo saber -pero no entender- que estaba equivocado. Y el ex redactor de “Clarín” durante la dictadura militar y de “Ambito Financiero”, recordado defensor de Carlos Saúl I de Anillaco se quedó sin pantalla y ahora, ofendido y sintiéndose humillado, reclama una suma -dicen que millonaria- en un pleito que le plantea al Estado por sentirse “estigmatizado” y marginado del mundo laboral porque nadie lo convoca: se siente un paria.
   Realmente, una actitud rayana en el delirio porque Barone jamás lució prurito alguno para marcar, afrentar, ridiculizar o ningunear a quienes pensaran distinto, transformándose en uno de los más perversos descalificadores de la profesión y ahora mariconea victimizándose, fiel a un estilo que impusiera desde la cúspide la corriente política e ideológica que lo ubicara en el pináculo de la TV sectaria.
   Resulta que ahora somos nosotros -el Estado- los culpables que Barone no tenga trabajo y pretenda a través de una demanda laboral, engordar la fortuna que sin dudas amasó merced a las exageradas sumas que percibía en su conchabo de aplaudidor o agresivo e idemne agraviador pagado por la misma gente; por el mismo pueblo.
   Más allá de sugerirle a ese personaje (y a su patrocinante, el ex titular de Aerolíneas Argentinas durante la década saqueada) una prolija lectura del Estatuto del Periodista Profesional, ley 12.908 para que busque allí un motivo valedero que apoye sus alocadas pretensiones, es aconsejable pedirle algo de honorabilidad y un mínimo de autocrítica, al sentirse agraviado por actitudes que fueron parte de su propio estilo en la práctica profesional. 
Y viajando en la máquina del tiempo, viene a la memoria aquel difundido episodio, aunque no netamente periodístico pero vinculado con un cuestionado símbolo mediático que supo ser socio de Mariano Grondona y acérrimo defensor de Carlos Saul. Viajó a su segundo hogar, Punta del Este, para gozar de las arenas y el mar con su joven segunda esposa y permitió que la prensa farandulera de entonces -tan despiadada como la actual- lo inmortalizara en un íntimo momento de su soleado descanso.
   La foto de ese instante se universalizó y quedó para la historia.
   ¿Cuál es la ligadura de aquel suceso con la plañidera y quejumbrosa actualidad de Orlando Barone? Muy simple, básica, elemental y tribunera: de manera documentadamente sutil, Bernardo Neustadt le mostró al mundo algo que tenía.
   Porque hay que bancársela quedarse sin laburo en una actividad que requiere algo de equilibrio y tolerancia, sin dejar de lado el respetuoso perfil crítico. Así como Barone desde su tribuna televisiva humillaba a cualquier opositor y aconsejaba paciencia, que se incline ahora por esa sabia postura y espere que los tiempos cambien.
   Es preferible y más honroso esperar, que andar mangando lástima o reparaciones económicas a un Estado del que se sirvió, también, sin pudor y sin medida.

Gonio Ferrari