27 de diciembre de 2016

La corrupción policial -----------------

GRAVE DELITO DEFRAUDAR LA
CONFIANZA DE LA COMUNIDAD

En el tiempo de bárbaras naciones,
colgaban de las cruces los ladrones;
pero ahora en el siglo de las luces,
del pecho del ladrón cuelgan las cruces.
(Hugo Foscolo)
   Para muchos no fue tanta la sorpresa enterarse que una gavilla de salteadores domiciliarios era comandada por un jefe policial, que para colmo tenía a su cargo de Dirección de Investigaciones de la institución con asiento en la cercana Villa Allende, con lo que aprovechaba para enterarse de muchas situaciones y de los movimientos de la fuerza, merced al hecho de contar con los equipos de comunicaciones que estaban a su disposición.
   El hampa metida en la policía no es novedad como tampoco privativa de este gobierno sino que todos y de cualquier color, en distinta medida, porque ninguno tuvo la rigidez necesaria a la hora de las incorporaciones que por lo general han sido, son y seguirán siendo la moneda de pago para cierto nivel de militancia, o el reconocimiento por favores recibidos cuya catadura no es momento de evaluar, porque con la imaginación basta.
   La policía nunca dejó de ser “botín de guerra” para los gobernantes, que debieron entrar en el maligno juego de compartir silencios, esconder hechos gravísimos, deformar la verdad y dibujar las mañosas estadísticas en el vano intento de vender una seguridad inexistente, derrotada por la impunidad permitida y negociada y ese afán enfermizo de intentar meternos en la cabeza que el creciente reinado de la delincuencia era y es solo una estúpida sensación de los vecinos miedosos y una exageración de los periodistas .
   ¿Cuántos hechos delictivos protagonizados por policías se han conocido en los últimos años?. Si los números fueran honestos y se abrieran los escondrijos donde se atesoran ciertos secretos internos, sería una terrorífica revelación para la ciudadanía, ofendida por esa perversa sociedad que forman los supuestos y desleales defensores de las leyes y sus más violentos detractores y no tan combatidos enemigos.
   Cuando a la policía -más allá de lo científico y técnico- se la maneja políticamente con todos los turbios intereses que a veces son parte de la personalidad de los malos dirigentes, por errores o inacción se consigue llegar a lo que ahora vivimos los cordobeses: una subversión tal en los valores, que los delincuentes andan sueltos y los decentes y honestos debemos enclaustrarnos entre rejas.
   Lo de barrio Cofico, el saqueo durante una cena de jueces, políticos y abogados, es sólo una anécdota más dentro de la podredumbre, porque es el resultado de la incorporación y a veces el ascenso de individuos a quienes se “les lavó” el prontuario o cuentan con antecedentes descalificadores que no son tomados en cuenta o se subsanan con una esquela de tres líneas o un llamado telefónico “desde arriba” y a veces desde demasiado arriba.
   De la policía entre otros elementos “desaparecen” (robadas o “alquiladas”) armas que luego son usadas en asaltos y teniendo todos los elementos como para esclarecer esos hechos perpetrados en la mismísima Jefatura, pasan con el tiempo al más oprobioso de los olvidos, casi como para empezar de nuevo.
   Y empiezan de nuevo. Y siguen…
   ¿Algún resultado? ¿Alguna sanción? Nada que se sepa.
   En los últimos años se ha incorporado con una fuerza atroz y millonaria el elemento droga, hasta el punto que hay sectores de la ciudad donde sólo ingresan lo que los narcos consideran “cobanis amigos”. El descarado comercio de sustancias prohibidas en las narices policiales no es sólo un agravio y un ultraje a la inteligencia de los vecinos, sino que representa el triunfo de la indemnidad por encima de la ley y de quienes están para hacerla respetar. 
   Lo penoso es que muchos buenos policías, honestos y sacrificados servidores, arriesgan sus vidas en esta lucha desigual que ya la saben perdida porque esos efectivos también son víctimas del desamparo de las propias autoridades, que los dejan convivir con el enemigo que viste idénticas ropas pero con intenciones oprobiosamente opuestas.
   La podredumbre ya superó a esa manzana que consideraban el foco de la criminalidad y el contagio es creciente, lo que penosamente corroboramos cada vez que sale a la luz un hecho delictivo que mezcla y complica a policías en actividad.
   Es para rogar que eso que se comenta estaría sucediendo en el norte de la Provincia, con efectivos policiales de alto rango involucrados en secuestros extorsivos, sea tan patraña como lo que desde la gobernación se empeñan en insistir: que seguimos padeciendo una sensación.

Gonio Ferrari