16 de diciembre de 2016

Un sentimiento unilateral ----------

¿ES OBLIGATORIO RESPETAR A LOS
QUE JAMÁS NOS HAN RESPETADO? 

   Si no es por la gorra es por el orgullo gay y lésbico, o por pedir bolsones, o en apoyo a los policías sancionados, o por la liberación de la marihuana, o por los abusos policiales, o por la falta de seguridad, o por los sueldos de los municipales, o por el esclarecimiento de un hecho criminal, o por ni una menos, o por cárcel a los violadores, o por el boletazo, o por Luz y
Fuerza, o por los carreros, o por Milagro Sala, o los de la UTA, o por algún tarifazo, o por los basureros o los paseadores de perros, o por los jubilados, o los taxistas contra los remiseros y viceversa, o por falta de luz en la ciudad… pero nunca jamás -por ejemplo- para pedir trabajo.
   Y así estamos, inmersos en esta ridícula guerra de pobres contra pobres, porque los pobres que gritan por cobrar más, les joden la vida y coartan la libertad de llegar a horario a los pobres que laburan.
   Maldita la hora que desde el poder se esgrime la estúpida excusa de evitar confrontaciones sociales, alentando por omisión de hacer cumplir la ley, los enfrentamientos entre los que
quieren trabajar y los que no los dejan.
   Pueden ser muy legítimas, justas y atendibles las razones en las que se basan las protestas pero es una injusticia que en su nombre se perjudique a una inmensa mayoría que nada tiene que ver con ellas, más allá de la condición de conciudadanos.
   Los comerciantes afectados por los cortes de calles, los escolares que perdieron clases, los enfermos que faltaron a las consultas médicas, los que dejaron de percibir sus monedas por presentismo y puntualidad, las víctimas de la ruidosa pirotecnia y quema de distintos elementos, son las verdaderas víctimas
del caos que provocan los manifestantes y la policía mira cómo se ríen de las leyes, pero no actúan porque no hay un fiscal equilibrado y comprometido que se juegue por hacerlas respetar, mostrando la evidente dependencia funcional al poder político de turno.
   En cualquier parte del mundo hay distintas manifestaciones de protesta, pero la autoridad a veces con un justificado rigor, garantiza la libertad y la libre circulación de quienes no son parte de tales muestras masivas de descontento. Se entiende y respeta que el derecho de unos no debe vulnerar los
derechos del prójimo y esa es la base de la convivencia.
   Pero si el Estado no tiene la espalda política -eufemismo de gallináceos productos- para proteger a los afectados por el desquicio, que después no exija respeto y cumplimiento en el pago de impuestos o cuando pretende imponer su inexistente autoridad en otras instancias del quehacer comunitario.
   Que la gente proteste es un derecho, pero también es obligación no hacerlo afectando a derechos del prójimo. Si no se aplica tal criterio sustentado en el cumplimiento y la aplicación de la ley, que desde el poder no se quejen porque las autoridades son las responsables directas de este malsano estado de anarquía urbana que tanto daño viene provocando.
   Y los cordobeses ya estamos hartos de ser víctimas de una cobardía que los cómodos políticos pretenden disfrazar de tolerancia.

Gonio Ferrari