26 de enero de 2017

Donald Trump y su muro ------------------------------

ENCERRADO EN LA OPULENCIA MATERIAL
CON  SU  SOLEDAD  ENTRE  LA  MULTITUD

   El gran país -o país grande- del Norte es una de las potencias más poderosas del planeta, aunque tal calificación no sea compartida por los rusos, los chinos y algunos otros que sostienen que tal liderazgo es sólo una cuestión de marketing internacional alentada por un fabuloso aparato propagandístico que no repara en gastos como tampoco en algunas mentiras, invasiones, bloqueos, sojuzgamientos y otras exageraciones.
   Paredones, tapias, medianeras o parapetos hay en cualquier parte y se usan para unir o aislar y separar; adornar u orinar, pintarrajear o respetar, preservar intimidades, fusilar o transgredir la disposición que prohíbe fijar carteles. Mamparos y albardillas los hay por centenares, unos famosos gracias a la sangre y otros ignorados en justo homenaje a su propia intrascendencia.
   Pero muro más famoso e infame como el que por 28 años alejó -siendo vecinas- a las dos
Alemania de posguerra estableciendo la hambruna soviética por una parte y  la floreciente Berlín occidental por la otra, no existió en lo que se conoce de la historia. Nació desde las oscuridades previas al 12 de agosto del ’61 con una extensión que inicialmente fue de 155 kilómetros de hirientes alambradas para terminar siendo de hormigón con cuatro metros de altura, un foso, ancha senda para la circulación de los controles comunistas, casetas, torres y sistemas de alarmas. Separó a familias, amigos, propiedades, intereses y otros afectos con ese maldito espacio intermedio que el tiempo bautizó como “franja de la muerte” donde sucumbieron las ansias de libertad de un centenar de personas que dejaron allí su vida cuando más de cinco mil intentaron franquearla.
   El 9 de noviembre del ’89 el gobierno de la República “Democrática” de Alemania permitió la salida hacia el Oeste de los que vivían en la prisión urbana del sector comunista soviético, miles cruzaron y nadie pudo detenerlos, consiguiendo incorporar a la historia un inolvidable reencuentro que para los tiempos y con la caída del muro, fue una especie de tumba de las ideologías.
   Pero ahora resulta que casi tres décadas después, un ricachón devenido en político y estadista, recreando aquellos viejos sueños hegemónicos e imperiales de la izquierda belicista, pretende desde la derecha opulenta sojuzgar de la misma manera a un pueblo sufrido y digno, militarmente indefenso y económica y laboralmente dependiente: ya es un hecho que se construirá un muro a lo largo de la frontera que antes unía a los Estados Unidos de Norteamérica y México.
   El pretexto es terminar con la inmigración ilegal de los aztecas que buscan en sus “primos” el bienestar que no encuentran entre sus hermanos y como un himno a la hipocresía, la potencia más poderosa del mundo dice querer extinguir el narcotráfico, cuando es el país que más de esa basura produce y el mayor consumidor universal.
   La historia reciente es el mejor testigo de la ignominia que significa el aislacionismo impuesto por la fuerza militar en cualquiera de sus versiones: los Estado Unidos que junto a sus aliados cuestionaban la actitud soviética tras la “repartija” de Berlín, después se ensañaron con Cuba a lo largo de años y años de inhumano bloqueo y ahora con México, en una actitud que hacia adentro rotulan como “proteccionista” cuando es abierta e implacablemente perversa y violatoria de todos los derechos para los cuales la gran potencia del norte se disfrazó ante el mundo, de gendarme protector.
   ¿Es una actitud de crueldad alimentada por la opulencia?
   ¿Es la impía soberbia del vencedor impensado?
   ¿Es una nueva muestra de la expansionista y filibustera sangre inglesa transfundida a los americanos con el ropaje de la democracia?
   Dentro de mi ignorancia en materia de política internacional, se me ocurre aventurar que Donald Trump está cerrando los candados de su imperio, hasta que la realidad en su implosión le demuestra que estuvo equivocado.
   Pero sin ser apocalíptico, sibilino o agorero -en un escenario de vértigo como es la actualidad- ya será demasiado tarde… para todos.

Gonio Ferrari