6 de enero de 2017

UNA VENTANA AL VERANO, lecturas para pensar, serie de cuentos cortos basados la mayoría en hechos reales.

EL COLECCIONISTA DE PEINES 
   Tenía la pinta casi lógica del rugbier antiguo: treintañero, fornido, nariz torcida, ojos claros, orejas arrepolladas, casi sin cuello y mirada de suficiencia, aunque en la cancha era un mediopelo con manos de manteca y temeroso del tackle adversario e inútil a la hora del tackle
propio. Le decían doctor porque un par de veces llegó al club vistiendo un guardapolvo que en su bolsillo superior lucía como al descuido un mentiroso estetoscopio. Pero su deporte, en realidad, era seducir a jovencitas incautas más proclives a la boludez que al noviazgo formal con proyecciones de alguna seriedad.
   Para ellas, que a veces lo esperaban al costado de la cancha de donde siempre salía antes de tiempo por reemplazo, era un tierno pintón, supuestamente médico y de manera especial para Luisa, de esa inquietante clase sub 18 con bella figura que inspiraba fantasías, nariz de ñoqui, pelo largo con destellos de espigas, conversación amena y un par de tucos color de yerbeado. Hubo flechazo pese a que el deportista sentía un cierto recelo porque sabía que el padre de la joven era un duro y disciplinado militar de infantería, para una historia que transcurre en aquellos tiempos del desprecio por la vida, vocación por el secuestro, la tortura y la muerte o el atentado a mansalva en nombre de un falso romanticismo ideológico.
   El muchacho vivía solo en lo que llamaba “consulín” una curiosa mezcla
de su innecesario consultorio e íntimo bulín. Extraño antro porque había nada más que un sofacama pero no tenía camilla, balanza, vitrina con muestras gratis, tensiómetro a la vista ni fichero con historias clínicas. Para colmo, ni siquiera esa prueba de graduación que se llama diploma que por lo general ocupa la parte central de la pared más visible.
   Las cuatro paredes, eso sí, estaban cubiertas con peines, todos chiquitos.
   Había peines negros, blancos, veteados, transparentes, de púas separadas y púas juntas, con marcas y sin marcas y cada uno tenía un cartelito con iniciales y una fecha.
   Ese era para el rugbier el escenario del primer encuentro; el del “aprouch”, para el chamuyo, la seducción final y el precalentamiento, lo que a veces le demandaba a lo sumo un par de sesiones.
   Y cuando la víctima cedía ante los encantos de los músculos, el falso título y la verba del galán, venía la primera sorpresa porque el tipo prefería consumar el amor en la comodidad y la amplitud de un hotel por horas y allí se enclaustraban los tortolitos para arrugar sábanas, apilar almohadas, jugar con la luz negra, mirarse en el espejo del techo y ducharse juntos.
   Antes de irse, el muchacho aunque no se peinara porque era cultor de la melena salvaje, se llevaba el peine que siempre había en el baño, llegaba a su cueva, lo fijaba con clavitos en la pared y de puño y letra agregaba un cartelito con la fecha y las iniciales de quien lo había acompañado en unas pocas horas de lujuria.
   Un ritual que se reiteraba siempre que el instinto lo llamaba a compartir una cama, desde el día que vulneró la casta virtud de la jovencita y con el correr de los meses llegó a coleccionar en sus muros varios L.M.G. porque los encuentros clandestinos se fueron reiterando cada vez con mayor pasión y asiduidad.

   Corrió el tiempo y un domingo a ella no se la vio al costado de la cancha.
   El rugbier esperó en vano y al día siguiente L.M.G. le hizo saber, entre sollozos, que su papá había descubierto no tan solo los amoríos sino sus escarceos, el lugar de las citas furtivas, la ubicación del “consulín” y todos los detalles.
   Al domingo siguiente, ella volvió a faltar con su figura fresca, el pelo dorado, los ojazos verdes y el grito de aliento.
   A él, ni siquiera se lo vio entre los suplentes.
   El lunes un pariente lo encontró tirado en el sofacama, con tres balazos en el pecho y algunas moscas revoloteando el tétrico escenario.
   La boca del muerto estaba prolijamente llena de peines.
   De esos peines chiquitos, de todas formas y colores.
   Y los cartelitos -todos- habían desaparecido.