17 de marzo de 2017

6 de abril, sin actos ni movilización --------

LA JUGABAN DE COMBATIVOS PERO 
AL PARO LO DECRETÓ LA CAMPORA

   Es innegable el descontento que flota en el ambiente laboral a raíz de las últimas novedades que se divulgaron sobre pobreza e inflación, aunque los números de la desocupación hayan mostrado una levísima recuperación (hacia abajo) que en poco cambia el panorama de la inquietud nacional.
   Los triunviros de la CGT lo saben, advierten que es una realidad y como el vidrio no forma parte de su dieta habitual, vienen intentando morigerar los efectos y las reacciones ante una situación comprometida como lo indica la crisis que no termina de frenarse como paso imprescindible a una deseada estabilización que si se concretara, sería el camino hacia el ansiado y merecido crecimiento.
   Pero los sectores más virulentos y nostálgicos del remanente kirchnerismo no se resignan a dos eventualidades: la de desaparecer y la otra, que es la peor, la de un futuro de juicios y condenas hasta el punto de haber instrumentado el “Operativo helicóptero” como mecanismo para amedrentar a la sociedad, con reuniones de cúpula donde no se ocultan las intenciones golpistas ni los temores frente al avance de la Justicia en la investigación de los casos más emblemáticos de la corrupción en los últimos años.
   Algo hay que hacer -seguramente pensaron- y nada mejor que una demostración de fuerza, aunque fuera con soldados ajenos a su tropa como buena parte del movimiento obrero, todavía columna vertebral del Justicialismo, aunque no sea el mismo Justicialismo de los legítimos laureles y las memorables luchas.
   Las CGT venían timoneando la situación con presiones que no llegaban a quebrar la lanza del diálogo que existió, tanto abierta como secretamente, ya que en algunos dirigentes aún existe la prudencia porque son los mejores observadores y analistas de la realidad, frente a sus bases ansiosas de merecidas reivindicaciones que aparecen alejadas de su alcance.
   Y si algún hecho faltaba para terminar de presionar a la dirigencia, apareció aquella desesperación de los derrotados que optan por la fuerza que reemplace al diálogo; por la prepotencia como superadora del debate; con la violencia por encima de las actitudes civilizadas, sin pensar en el cansancio de la sociedad que es a la postre la destinataria de cualquiera de esas actitudes.
   Venían amagando con un paro como expresión de legítima protesta y lo anunciaron sin fecha, dejando así abiertas las puertas de conversaciones con el gobierno, que podían llegar a suavizar la rispidez del ambiente enrarecido, postura con la que no comulgan los violentos apremiados por la aproximación de la Justicia a sus fechorías y rapiñas.
   Y en la última marcha que hicieran las centrales obreras los barrabravas de La Cámpora coparon el palco y sus inmediaciones, se adueñaron de la situación tanto como de banderas ajenas, mientras la gente volvía a sus casas y apretaron violentamente a los dirigentes exigiendo una fecha cierta para un paro general que calculaban sería dispuesto con actos masivos, movilizaciones y otros aditamentos como en los viejos y añorados tiempos.
   Los heridos fueron lo de menos, pero la presión tuvo sus efectos parciales: fue La
Cámpora el otrora numeroso colectivo que decretó el paro a fecha perentoria, pero estuvo en manos de la dirigencia, cuál sería su modalidad: 24 horas en todo el país, sólo paralización, sin actos ni movilización, como dejando en dos sectores la llave del triunfo o del fracaso de la medida: en la propia gente que dolorosamente aprendió que los paros a nada bueno conducen y en el transporte, elemento imprescindible para movilizar a un buen porcentaje que estaría dispuesto a trabajar.
   El paro será paro, como lo definieron y no del estilo “matero” que se decretaba para un viernes o un lunes aumentando sus efectos al prolongar un fin de semana.
   En resumen, aquellos dirigentes que se bebían los vientos amenazando con la dureza de sus acciones, parecen haber tomado conciencia del sentir ciudadano -tanto a favor como en contra de la determinación- dejando la opción en manos de cada uno, fracasado su estilo otrora beligerante y confrontativo.
   Pero también, quizás por prudencia, no les quedó otra alternativa que ceder a la imposición de quienes ya no tan solapadamente se juegan no tan solo al fracaso del gobierno nacional, sino a la interrupción violenta de lo que en su momento decidieran las urnas.
   Porque después de haber gozado de tan histórica impunidad, debe ser complicado acostumbrarse a ser objetados y lo que es peor, verse obligados a trabajar.
Gonio Ferrari