21 de marzo de 2017

Festival de frescura y estallido de ocres

EL OTOÑO EN EL CALENDARIO,
EN LAS PLANTAS Y EN LA VIDA
   Es probable que para algunos sea la más triste y opaca de las estaciones, por eso de las hojas amarillentas, el viento molesto y la aparición de las primeras sensaciones distintas y opuestas al calor.
   Posiblemente un exceso de romanticismo -para muchos, un sentimiento caído en desuso- prefiera hablar de los tiempos de nostalgias, de los colores apagados, del verde que empieza a ponerse pálido y de las nubes que dibujan imágenes alucinantes.
   Lo mejor, asumir el otoño con el alma, más que con los ojos.
   El otoño, aparte de ser uno de los cuatro segmentos del año, es también una etapa trascendente en la vida de las personas, por aquello de llegar a los umbrales del invierno, que es cuando mueren muchas plantas, el frío se nos mete en los huesos y ese calor juvenil que vemos alejarse del alma. 
   Sin embargo, para muchos y por ser el acceso a cosas distintas, el otoño es maravillosamente bienvenido, portador de novedades e ilusiones que, a veces con certeza, se concretarán después que pase el invierno.
   Por eso la transición del otoño tiene la magia de la nostalgia que dejamos y de la esperanza que camina hacia nosotros, con su promesa de flores, de renovados aires, de amores incipientes.
   Casi como si el amor sólo fuera un privilegio que se vive y se madura fatalmente entre septiembre y marzo.
   Eso, para los que no saben ni conocen la maravilla de enamorarse en el otoño del calendario, ni en el otoño de la vida.
   Porque para vivir del amor no hacen falta los almanaques.
   Solo basta con que al reloj de arena que llevamos en el alma, lo pongamos horizontal.
   En cuanto a lo estrictamente paisajístico, el otoño cordobés es algo así como un paraíso de los ocres, con una silenciosa explosión de tonalidades como para volver loco a un daltónico.
   Ya le abrimos las puertas tras las lluvias y todo el reciente verdor, con la esperanza de ir viendo crecer la luminosidad del cielo, la pureza del aire y un resurgimiento de esa poesía que es pisar hojas secas, o sentir en la cara una brisa que dejó de ser molesta y agobiante.
   Nuestro otoño es único en los árboles, en el paisaje, en el aire y
en el cielo.
   Hagamos entonces que el otoño de la vida sea igual de placentero, un regalo que nos debemos hacer a lo mejor no tanto por merecerlo, sino por tener la inmensa dicha de gozarlo.
   Con sufrimientos o no.
   Con riquezas o con deudas.
   Con amores o sin ellos.
   Con penas o no.
   Con ausencias o no. 
   Solo con lo más importante: con la maravilla de saber que estamos vivos. 
   Y para un otoño más, todo eso no es poco ...

 GONIO FERRARI