19 de abril de 2017

A la autoridad se les escapan las tortugas

EL FRACASO DEL PROMOCIONADO
PLAN DE LAS TRIBUNAS SEGURAS
   Los expertos que asesoran en marketing a los gobiernos comparten una costumbre generalizada en tal actividad: bautizar con nombres o designaciones altisonantes a cada plan, operativo o gestión especial a cargo del poder, con el seguro propósito de impactar a la sociedad y meterle a la gente en su cabeza un elemento fácil de recordar.
   Eso de “tribuna segura” ha hecho, hace y seguirá haciendo agua porque es imposible modificar la argentina cultura de dictar leyes y después no tener estructura para controlar que se cumplan. Y eso sucede en todos los ámbitos de la vida ciudadana, cuando el reduccionismo indica que solo cumpliendo los 10 mandamientos el mundo estaría ordenado.
   En el Kempes exigían documento de identidad a todo el mundo incluyendo a periodistas -acreditados con su credencial, fotografía incluída- y a niños que no pasaban de los 12 años.
   Y después tuvieron que ver que se les escapaban las tortugas.
   ¿Cuántos prontuariados e inhabilitados burlaron los “celosos” controles? Imposible saberlo.
   No es para generalizar porque sería injusto, pero alguna vez la policía y quienes tienen la obligación de verificar todo lo que sucede y cobran por ello, debieran advertir (aunque ya lo hayan hecho pero guardaron silencio) la cantidad de alcohol que se comercia dentro del estadio y las sustancias prohibidas descaradamente negociadas y consumidas a la vista displicente de la propia autoridad, más enfrascada en matear y en enviar mensajitos con los celulares.
  La “tribuna cuidada” supone prevención que no existe, porque si se cumpliera dicho objetivo, no sucederían episodios tanto intrascendentes, hasta trágicos como el del sábado pasado.
   Mirando una y cien veces la filmación, a lo largo de varios minutos no se observa la presencia ni siquiera de un solo policía y si alguno estaba camuflado y de civil, se abstuvo de actuar para detener algo que se venía gestando desde una de las puertas de acceso, cuando se generó un áspero entredicho al que pocos se quieren referir.
   El alcohol y la droga en las canchas de fútbol no tienen camiseta, sino el estandarte único de los narcos. Mientras no se termine con ese sucio negocio en la tribuna, tendremos que seguir lamentando desgracias en las reuniones deportivas más convocantes.
   Mientras los violentos sigan siendo sostenidos por los malos dirigentes y viceversa, nada cambiará en beneficio del espectador que es uno de los más sufridos sostenedores del espectáculo. Y si alguien -desde el poder- se animara a implantar un control de alcoholemia en los ingresos a los estadios, mucho se ganaría en prevención, que es la madre de la seguridad.   
   Y los responsables de cada operativo en los estadios tienen la obligación de controlar severamente la ubicación de los efectivos y el cumplimiento de los objetivos para los que fueron asignados. Si la tarea se limita a una desordenada presencia, en ese caso los policías es más lo que molestan e incitan que lo que resultan útiles.
   No les pagan para mirar el partido ni para entretenerse con los celulares.
   Porque “estando en babia” es cuando por sus narices pasan el alcohol, la droga, la pirotecnia, los enormes “trapos” y lo que es peor, los indeseables que tienen prohibido el acceso o registran pedidos de captura. Alguna vez el ciudadano honesto, espectador inocente, tiene derecho a ser protegido para contar con la seguridad de volver a su casa y en una de esas, al verse amparado, la próxima vez se animará a recuperar esa dominguera costumbre de ir a la cancha con su familia, aunque los encuentros sean con la presencia de las dos hinchadas.
   Culpa de los inadaptados, de los malos dirigentes y de la falta de autoridad, todo eso se ha perdido.
   Es un deber de todos luchar para recuperarlo.
   ¿Se acuerda de los temibles e “indómitos” hooligans ingleses?
   Sin alardes, los británicos terminaron con la criminal violencia que desataban, solo aplicando la ley y algunos bastonazos.
   Tenemos leyes aplicables y por si hacen falta, también bastones.  
Gonio Ferrari