25 de julio de 2017

Cámara de Diputados -------------------------------

QUE LAS BANCAS NO SE TRANSFORMEN
EN  LA TRINCHERA DEL ENCUBRIMIENTO
   Avanzan las horas y es como si un ejército de escuderos buscara reforzar sus líneas, para amparar a un personaje cuya obligación moral y cívica con fueros o sin ellos es responder ante la Justicia por sospechas de actos de corrupción. Es cuando cabe preguntarse con simplismo pero de manera coherente y lógica, si la inquietud se transforma en miedo por falta de argumentos para defenderse, o por saber que la contundencia de las pruebas asegura un destino de encierro, escarnio y final de una provechosa carrera política.
   Se plantean entonces las dos posibilidades: una que favorece al acusado quien presionado por las circunstancias supone ser víctima de enconos y persecuciones sin fundamento, pero basadas en dañinos espíritus revanchistas y desalmados que se ensañan con la honorabilidad que pregona como primer argumento defensivo.
   La otra, esa creencia del kirchnerismo residual que el gobierno nacional busca exhibir a De Vido como símbolo de la rapiña; paradigma del saqueo organizado y destinatario de fabulosas sumas de dinero para repartir entre su sed de riquezas y las exigencias de sus mandantes, porque es imposible robar tanto sin que “los de arriba” se enteren como para impedírselo en nombre de la honestidad republicana.
   Así pintada la escenografía del novelón, es inevitable preguntarse que si es tan contundente la argumentación para desvirtuar esos hechos, ¿por qué la negativa de comparecer, dejando la aureola de la duda suponiendo que negarse a responderle a la ley casi equivale a reconocer no tan sólo los temores sino un cúmulo de culpabilidades?
   Y lo peor de todo es la actitud de los “broqueleros” que encriptan al acusado rodeando su banca, pero desnudando con esa actitud su poca confianza en la decencia propia lo que se suma al atávico sobresalto alimentado por el pánico a perder la libertad.
   Si el diputado De Vido puede sostener su inocencia basada en correctos procederes, poco favor le hacen quienes lo rodean para alejarlo del banquillo de los acusados porque a medida que pasan las horas van alimentando las dudas, recelos y conjeturas, todo lo que conduce a una conclusión inevitable.
   Porque si la humana y plausible solidaridad usa las percudidas ropas del accionar corporativo, es cuando más crecen las suspicacias de complicidades apoyadas por una alejada indemnidad, a la que los dueños del poder por tantos años hicieron tan mal en acostumbrarse.

Gonio Ferrari