21 de septiembre de 2017

Mirando de reojo --------------------------------

LLEGO LA PRIMAVERA ARRASTRADA
POR EL HURACÁN Y LA LLUVIA PERO
DESPUÉS EL SOL GANÓ LA BATALLA

    ¡Con qué ansias esperábamos cada 21 de septiembre alentando inocentemente expectativas mayores que la Nochebuena, el año nuevo o el propio cumpleaños!.
   Más allá del clásico y soñado picnic junto al río con sol, nublado o lloviendo; del acné indisimulable, de la primera curda con sangría, ginebra con coca o del piquito que robamos a la compañera de banco, estaba la maravillosa actitud de sentirse dulcemente joven, mucho más joven que aquellos jovatos que andaban por los 30 años.
   Esperábamos ese día, el Día de la Primavera, el Día del Estudiante, sin tomar en cuenta, sospechar ni conocer la segura preocupación de nuestra maestra, que debía ingeniárselas para contener a esa banda mafiosa de 40 vándalos que terminábamos la primaria o nos sorprendíamos en el secundario,  esos -nosotros- que aguardábamos de ella algo más que el sándwich y la coca, sino a veces descubrirla como mujer, en el escote o en las piernas.
   El Parque Sarmiento con su lago y los precarios botes, las costas y playas del San Roque o las orillas del Suquía en La Calera eran las ansiadas metas de nuestra liberada, mal contenida y evidente revolución hormonal.
   Nadie por entonces tenía la idea del raviol, del paco ni del porro, sino más bien la fijación del porrón o del “coñac” Tres Plumas y aquella actitud de sentirnos super machos por ahogarnos y carraspear en las primeras “secas” de un Saratoga o de un Wilton.
   La mayoría de los varones, ya en la secundaria, asumíamos la sonrojada vergüenza de comprar un preservativo, dentro de la mayor ignorancia acerca de su colocación y uso y que por lo general tirábamos a la basura por no haberlo necesitado. Y ellas con alguna improlija incursión por los labiales y el rimmel.
   ¡¡Eramos tan abiertamente pavos, como lo indicaba nuestra edad!!
   Y las exponentes del bello sexo eran tan luminosas, atractivas y deseables, como lo imponía nuestra libido en etapa de manifestación pilosa, crecimiento y explosión.
   Pero ahora, antes de empezar a plumerear el nicho y por una cuestión de nostalgia, asumimos la íntima llegada de la mejor estación del año, como si los relojes se hubieran detenido tomándolo como una cuestión de saber vivir porque todo es, en definitiva, saber crecer y madurar.
   No debemos empeñarnos en ser eternamente jóvenes.
   Lo trascendente, es evitar sentirse y actuar como viejo.
   Por aquella lejana juventud, por la que ahora vemos y muchos que por  melancolía no comprenden, miramos con el amor, el cariño y el respeto de la inútil envidia, ¡salud!
   Aunque truene, azote el huracán, diluvie y después el Sol gane la batalla y el único abrigo sea esa innegociable actitud de mirar la vida con la joven y floreciente sabiduría del optimismo …

Gonio Ferrari