15 de octubre de 2017

Día de la Madre ------------------------

ELLA QUE SIEMPRE PERDONA,
MERECE NUESTRO HOMENAJE

   Por coherencia en mi manera de pensar con la forma de actuar, debo reconocer que es humanamente improcedente limitar a un día el reconocimiento eterno y permanente que merecen las mamás.
   Pero así son las reglas del consumo, lo que no impide que en materia de homenajes lo concentremos, si, en un día al año.
   Entonces ¿por qué será que teniendo tanto para decir de ella las palabras no alcanzan nunca?
   ¿Por qué será que el cariño, la admiración, la ternura, el respeto, la lucha, el refugio o el amparo sirvan para sintetizarla?
   ¿Por qué una caricia, una lágrima, una mirada o un recuerdo basten para que tengamos la certeza casi absoluta y milagrosa de su presencia?
   Ella sabe, porque así lo siente, que el sacrificio y la entrega son parte vital de su atávica vocación protectora.
   Sabemos, y ella también lo sabe, que a la hora de estar junto a nosotros no existen los enojos, las barreras ni las distancias.
   Estuvimos muy dentro de su mundo, nutriéndonos de su generosidad y de sus ansias por tenernos; por vernos nacer.
   Es la que nos regala el mágico prodigio de la vida, nos quita los miedos, espanta las sombras, comprende lo incomprensible y ahuyenta nuestras penas.
   Es quien todo nos perdona.
   Es la tibieza del beso o el rigor del tirón de orejas…
   Es la mirada cómplice y comprensiva o la gladiadora de la chancleta.
   Nada interesa si es casada o soltera, viuda o divorciada.
   Sus méritos como esposa, concubina o como le quieran llamar poco cuentan, porque esa mujer, por encima de cualquier vetusto y apolillado rótulo convencional, es Mamá.
   Y si abrumados por la angustia, buscamos un motivo que nos devuelva la alegría de vivir, más que a nosotros en nosotros la encontramos a ella, así la tengamos o no y ese es el insondable sortilegio de su amor, porque con ella tal sentimiento está más allá de lo terrenal; de lo explicable.
   Podemos conocerla o no, pero estoy convencido que aquellos que no la conocen, lo mismo respiran por ella y miran por sus ojos.
   Siempre está y estará allí peleando por nosotros, cuidándonos, guiándonos, llevándonos de su mano.
   Siempre cerca.
   En la dicha y en la desgracia; en la risa y en el llanto.
   Maravillosamente presente.
   Siempre nuestra y nosotros de ella, aunque no la veamos volver.
   Siempre… siempre.

Gonio Ferrari