2 de octubre de 2017

Merodeando el mundo ------

HOY MISMO VOLVERIA …

   Uno de los principales componentes de un viaje, es sin dudas el misterio que envuelve al lugar que se visita. Si bien no es cuestión de andar por el mundo desentrañando secretos ajenos, vivirlos es parte de los recuerdos que con el tiempo se atesoran.
   El área metropolitana de El Cairo, con sus más de 15 millones de almas, debe ser la ciudad más mugrienta y ruidosa del mundo. Los vendedores de cordero faenan y venden en plena calle, convocando a un gigantesco festival de moscas. Los desperdicios se retiran -por lo que el viajero puede apreciar- una vez a la semana.
   En la Ciudad de los Muertos, viejo y desocupado cementerio de varias
hectáreas enclavada en lo que ahora es el centro, los más castigados por la miseria ocupan antiguos nichos y conviven con históricos huesos humanos.
   El interminable Nilo alberga miles de indigencias embarcadas en botes, chalupas, maderas unidas con sogas y todo lo que pueda flotar. Debe ser, junto con el Ganges, el río más contaminado del planeta. Las familias que nacen, viven, se multiplican y mueren sobre esas aguas, son parte inseparable del paisaje urbano.
   El tránsito enloquecido de bocinas no respeta semáforos, sendas peatonales ni indicaciones y es una inigualable invitación al vértigo por sinuosas callejuelas y endiabladas autopistas. Tomar un taxi supone la aventura del arreglo previo, porque los aparatos que tarifan no son tomados en cuenta ni siquiera por los inspectores, entusiastas cultores del silbato y de las señas ampulosas, como si fueran italianos.
   Recorrer cualquiera de los típicos bazares o mercados es aconsejable mientras sea de día, al igual que ocupar una mesa de los tantos bares, donde a los nativos no les cae simpático que los acribillen con cámaras, porque muchos creen que les están robando el espíritu.
   Pero la ciudad es así, incorregible y anárquica. Los cairotas están resignados frente a la invasión turística como lo estuvieron cuando los ingleses les robaron tantos tramos de su pasado representados por tesoros de valor incalculable.
   Después de todo, los visitantes invadimos a cada paso las mismas piedras que pisaron los faraones y aunque se nos encoja el alma, en cada pisada destrozamos esa desembozada intimidad de siglos.
   Enfrentar las erosionadas moles de Keops, Kefren y Micerino es viajar a una fantasía de momias, oros,  sarcófagos y camellos que alimentamos desde el colegio secundario,  mientras el gastado rostro de Gizeh nos escudriña como preguntando por qué no respetamos la paz de sus sepulcros abiertos al inclemente sol y  a la arena milenaria.
   Mañana mismo volvería, porque caminar por El Cairo es emborracharse con el licor de los tiempos.

GONIO FERRARI

Periodista casi en reposo