26 de octubre de 2017

Millones de millones de pesos -------------------

LOS NÚMEROS DE LA RAPIÑA ATERRAN
Y HACEN QUE PAREZCAN EXAGERADOS

    No es cuestión de entrar en detalles de todo lo que despojó al Estado argentino este sujeto que hoy sufrió el naufragio de su soberbia, padeció el miedo a “ser boleta” y debe haber pensado, humano al fin, que no debiera haber creído cuando sus poderosos mandantes lo convencieron que con la eternidad en el poder, bien podía estar seguro de su consagrada impunidad.
   Y de acuerdo con varias de las tantas acusaciones que pesan sobre su conciencia si es que la tiene o se atrofió por la angurria, hubo casos en que las coimas representaban cinco o seis veces el valor real de algunos emprendimientos que pagábamos todos… y todas.
   Y para no caer al lugar común de los apresuramientos a los que conduce la emotividad de las imborrables escenas del traslado a la cárcel, bueno sería serenar los ánimos y dosificar la indignación para liberarla con todo su esplendor ciudadano una vez que la Justicia cumpla con su cometido de juzgarlo, permitir que se defienda con todas las garantías y condenarlo si es culpable aunque la alternativa de la inocencia, por las probanzas acumuladas, son más remotas -y es sólo un ejemplo- que pretender rogarle silencio y mesura a Luis Juez.
   De Vido, más que un acusado serial es el símbolo de una época signada por el arrebato grosero, el “escruche” mayorista, el despojo descarado, la asociación que formó con los de abajo, los del medio y los de arriba; el reino de la arrogancia, el desprecio por el prójimo sufriente en propio beneficio, la altivez frente al mundo, la estafa a las esperanzas y el quiebre del compromiso con el futuro, con la gente y con la Patria.
   Sin embargo, veremos con dolor lo que de manera especial afectará a todos aquellos que con buena fe y convicciones pensaron que todo era un armado mediático, que esa cleptocracia instaurada por quienes miran el cielo desde atrás de las rejas fue el resultado de una indemnidad que los llevó a la malversación, al pillaje de las arcas públicas y al saqueo, con lo que consiguieron que los argentinos fuéramos un internacional trapo con piojos, aislados de las grandes potencias y diplomándonos como arquetipos de la ratería, el latrocinio y el fraude.
    De Vido está donde debió haber sido guardado tiempo antes, pero hay que entender en los políticos ese fino y quirúrgico manejo de los tiempos, cuando se vive un trascendente año electoral en cuyo transcurso podía haberse definido el camino a seguir sin escollos, o el más estrepitoso de los fracasos porque bien sabemos que la gente al votar aprendió a reclamar, premiar o castigar.
   No es el único que merece estar donde está.
   Los casos de súbitos y groseros enriquecimientos se pueden contar por decenas y justo sería que todos los depredadores artífices de peculados reciban el rigor de la ley, lo que en realidad no alcanza para calmar la irritación colectiva, porque los ladrones que esquilmaron al Estado impidieron con su glotona codicia la atención de problemas acuciantes en salud, vivienda, seguridad, industrialización, pobreza e indigencia y otros aspectos negativos que nos castigaban sin misericordia.
   De Vido fue un dique de contención para el progreso, un ladrón de esperanzas, un patético burlador del futuro nacional.
   Pretender que devuelvan los frutos de tan desmedida insaciabilidad entraría al terreno de las utopías, porque los operadores de la corrupción bien se cuidan de esconder sus tesoros malhabidos y nadie otorga recibos por las coimas.
   Julio De Vido está preso, y desde el desteñido y decadente kirchnerismo en vías de extinción surgen voces en su defensa llegando casi a santificarlo de cándida y sonriente inocencia y por lo que se sabe, poco le costaría apadrinar a nuestro políticamente sinuoso Sumo Pontífice.
   La decencia ha recobrado un protagonismo que jamás debió perder.
   Un aire de fresca esperanza para los argentinos de bien, sacrificados exponentes del esfuerzo y del compromiso.
   Roguemos tener la paciencia necesaria para que en plazos razonables, De Vido no se sienta tan solo y pueda compartir con sus cómplices y mandantes, el amargo sabor del encierro al que lo condenen la Justicia de los hombres y el clamor de la ciudadanía.
   La otra Justicia, esa que nadie conoce -pero teme- porque nadie tampoco regresó para contarla, puede seguir esperando.
   Pero que llegará, seguros estemos que llegará…

Gonio Ferrari