19 de diciembre de 2017

Jubilaciones, el pretexto --------------

UNA PAZ IMPRESCINDIBLE QUE
NOS  EMPUJE AL CRECIMIENTO


   ¿Que ya pasó todo?
   No… No es así.
   Pensemos mejor, en que puede ser el comienzo de algo que desde tiempo atrás venimos ansiando los argentinos: recuperar la confianza en el poder si desde allí se obra con sinceridad, sin tapujos, dobles mensajes, estadísticas dibujadas ni cargas ideológicas que a veces todo lo desfiguran.
   Fue por eso que los jubilados estuvieron demasiados años cobrando en base a índices mentirosos manipulados desde la ignorancia y la especulación política. Esa modalidad era parte de la personalidad del poder de entonces más concentrado en disponer de fondos para seguir derrumbando la cultura del trabajo con los planes “sociales” que no exigían contraprestación, en lugar de dignificar el esfuerzo, el sacrificio y el compromiso de servir; de sentirse útiles.
   Se habla de gradualismo con un sentido tan amplio, que imprudentemente lo contempla también con los acuciantes y desoídos reclamos de quienes dejaron más de la mitad de sus vidas en la fragua de la labor productiva. Los jubilados no pueden ser parte de las “listas de espera” de tiempos mejores porque sus necesidades no son a mediano ni largo plazo, sino para ser atendidas hoy.
   A eso el kirchnerismo no lo entendió jamás y obró en consecuencia porque arrastraba un concepto de Néstor Kirchner echado a volar durante un discurso en el Teatro Coliseo de Buenos Aires acerca de los pasivos cuando dijo: “Quién no quiere… quién no quiere dar buenas noticias? ¿A quién no le gustaría decir tienen ustedes el 82 por ciento móvil cuando sabemos que eso sería nuevamente la quiebra del sistema y la quiebra del país? Algún día se podrá pero hoy no se puede… pero es tal la irresponsabilidad que tienen, que no les importa nada…”
   Por eso suele ser saludable apelar a la memoria y al archivo, ya que después no recuperaron la responsabilidad perdida. Echaron mano a los fondos de los viejos e inventaron entre otros engendros el fútbol para todos, el salvataje a ciertas empresas en crisis, los autos para todos y otros versos no menos onerosos.
   Ahora si se aplica la nueva ley con la firmeza necesaria, la mensualidad del jubilado será previsible y no una especie de “bingo” que se sorteaba en marzo y en septiembre de cada año, aunque personalmente debo asignarle a esta reciente medida un alto contenido de recuperación del respeto hacia quienes largamente merecen el estado de jubileo.
   Lo penoso ha sido el precio, porque nada justifica el daño y el vandalismo en ese payasesco remedo golpista alentado desde las usinas de la nostalgia, de la inexistente resignación, de la fobia a la Justicia y de la alergia a los barrotes, todo unificado en los personeros de la instigación y del saqueo ahora devenidos en aforados legisladores de la derrota incluyendo a algún ex notable tardío y traidor que se jugó por una indemnidad que lejos estuvo de afianzarse en las urnas aunque haya conseguido una banca.
   Buscaron denodadamente un muerto porque con Maldonado y los otros mapuches, auténticos o no, no les alcanzó y a los 30.000 o los que fueron, ya los habían usado. Por fortuna y excesiva prudencia, quien diagramó el dispositivo de defensa no cayó en la trampa y la sangre derramada no llegó al caudal que tanto necesitaban aquellos insaciables de poder, fracasados en la instancia comicial.
   Policías, transeúntes y periodistas fueron las víctimas colaterales de la locura que desataron sin obtener la respuesta ansiada.
   Ellos, los artífices del vandalismo, tendrían que hacerse cargo de los daños perpetrados en veredas, pérgolas, negocios, mobiliario urbano, automóviles, hidrantes y muchos otros elementos que sucumbieron a la furia incontenida de esos melancólicos dueños de las añoranzas.
   El pueblo se ha hecho escuchar a través de sus representantes, elegidos en comicios ejemplares, en ejercicio de la democracia.
   Los otros, los intolerantes autoritarios adornados o no con fueros, tendrían que dejarse de jugar a bravucones y ponerse a trabajar por el país para paliar al menos el desastre que dejaron activado y que debía estallar a manos de los enmascarados y “artillados”, rentados profesionales del disturbio, el saqueo, la barricada y la agresión.
   El poder, ahora con los instrumentos que argumentó necesitar tiene la oportunidad de enmendar errores, corregir demoras y reinstaurar la confianza de la gente, en especial de los más afectados y vulnerables que son los jubilados, ansiosos y merecedores de consideración, respeto y justicia.
   Transitemos un sendero de paz imprescindible y cicatrizante.
   Siempre hay perdón para los descarriados.
   Pero jamás olvidemos que la historia no se escribe con amnesias.

Gonio Ferrari