18 de enero de 2018

El martirio de Abril y los códigos no escritos ---

LA LEY DE LOS HOMBRES, LA JUSTICIA Y
EL  TUMBERO SALVAJISMO CARCELARIO
  
  Miles de historias se han difundido acerca de la aplicación de una ley no escrita en las cárceles, de acuerdo con la condena que hubiera recibido algún nuevo morador de cualquier celda, aplicada por la lenta y almidonada justicia de los hombres.
   Extramuros (y extrabarrotes) son más diligentes y el penado puede terminar sus días diseminado en algunas empanadas que sus compañeros de cautiverio, en un sangriento motín bonaerense, obligaban a digerir a sus cancerberos.
   O en casos más benévolos se habla de poco esterilizadas castraciones, miembros propios en la propia boca, empalamientos y obligado consumo de laxantes con posterior costura anal, ojos extraídos de sus órbitas aunque lo más leve sea el desfile de presos en una metódica y salvaje sucesión de penetraciones. Esos son los mensajes no tan subliminales, parte de la realidad por un lado y del imaginario popular por el otro a lo mejor como velada expresión de secretas intenciones personales y de necesarios escarmientos.
   Considerarlo o tratar de “loquito con problemas siquiátricos” al asesino de Abril sería un inadmisible regalo que haría de alfombra en su injusto camino hacia una impunidad inaceptable, que consagre esa inocencia dudosa y maquiavélica que a veces suelen conceder la fría y técnica complicidad de los que juzgan y la jurídica insensibilidad de los que defienden.
   Porque ni un irrecuperable loco de remate podría aducir inocencia tras un hecho tan alevosamente sangriento, perpetrado con aprovechamiento de la inocencia y luego la indefensión de una víctima tan pequeña y vulnerable.
   La Justicia está haciendo lo suyo, en alguna medida condicionada por la benevolencia de las leyes, los beneficios que recibe el condenado hasta quedar firme la sentencia y luego ese incomprensible recorte de la sanción que libera a los lobos para que se harten de reincidir, haciendo girar la rueda infinita e imparable de su propia inclinación por el crimen, no modificada en su personalidad porque al no recibir ningún tipo de apoyo que les modifique conductas, las cárceles son el “master” del delito.
   Reclamar el “ojo por ojo” es darle la razón a Gandhi, cuando sostenía que adoptando tal criterio tendríamos una sociedad de ciegos porque bajaríamos nuestros instintos de venganza al lodo más inmundo, cuando lo correcto sería respetar los dictados de la ley. Pero si esa ley “se malaplica”, se retacea o se acomoda a intereses que le son ajenos en su espíritu, es que nos asombramos, sin derecho a esa sensación, porque los castigos no alcanzan a redimir ni a lavar culpas.
   Entonces está la alternativa que la sociedad desprotegida viene reclamando: terminar drásticamente con aquellos inhumanos especímenes irrecuperables por reincidentes o inclinados al crimen, dejando de lado la morosa Justicia terrena, deplorando por tardía la Justicia divina y aceptando como ejemplarizadora aquella Justicia tumbera, sangrienta, despiadada y no menos criminal que lo que se condena.
   Lo incomprensible de la realidad es que la justicia humana es permisiva y vacilante, a la justicia del más allá no la alcanzamos a ver, mientras que el salvajismo carcelario al día siguiente aparece en los diarios, se escucha por radio y lo difunde la TV.
   Cada uno es dueño de optar y aceptar o reprobar cualquiera de estas salidas.
   Ninguna de las alternativas devolverá el fresco candor de Abril.
   Pero su asesino, jamás de los jamases volverá a matar.

Gonio Ferrari