23 de marzo de 2018

Derrape feminista: el piropo como delito ----------

LOS LEGISLADORES YA SON MAYORCITOS
COMO PARA COMETER ACTOS INFANTILES
   --¡Me dijo potra!
   --¡Me dijo que me partiría como a un queso!
   --¡Me dijo que en medio turno nos matamos!
   --¡Me dijo Mami amamántame!
   --¡Me dijo torturadora del bidé!
   --¡Me dijo juguemos al teto!
   ¿Imagina alguien la cara que pondría el policía de la esquina (cuando lo hay) en el momento de recibir una “denuncia” como cualquiera de esas?
   Realmente hay que estar muy al garete para intentar que un Congreso Nacional con otras preocupaciones y urgencias mayores como lo es el nuestro, gaste tiempo y capital político para debatir una cuestión tan liviana como lo es intentar que la ley regule ciertos comportamientos mayormente masculinos que afectan al pudor de ellas, aunque casos hay en que son ellas las piropeadoras con expresiones tan lascivas como ¡qué ojazos!” o “espero que tu mujer no sea celosa” o ya subiendo el tono y la imaginación “¡qué tabla de lavar!” o “¡qué paquete de café…!”
   Porque el problema no son el texto de lo que se elabore ni el articulado que incluya las penalidades para quienes una vez comprobada la comisión del hecho y haber enfrentado a un Tribunal, reciban la condena respectiva.
   Carece también de relevancia la “cantada” sospecha que esto salta a la luz como una nueva cortina de humo que desvíe la atención de la gente para que deje de preocuparse por pavadas como la inflación, la desocupación, las importaciones o la suba del dólar, de la nafta, de los precios de los comestibles, de los medicamentos y de los servicios.
   Las feministas que no se contentaron con su actitud frente al debate sobre el aborto, ya enarbolan una nueva bandera de “sumisión al macho” amenazándolo con hacerle tronar el escarmiento y romperle sus partes pudendas, cuando osen ensalzar bellezas femeninas apelando a un lenguaje que no sea el que se aplica en la diplomacia, en Versalles o en las religiones.
   Lo más gracioso de todo es que la mayoría de las “ellas” por citar sólo un ejemplo, jamás dejarían de pasar por una esquina céntrica dominada por hombres a quienes ya a la distancia identifican como posibles ofensores, porque el piropo es muchas veces una caricia para el alma en cuanto a las bonitas, y una inyección de autoestima para las menos agraciadas. Ergo, el piropo es valioso e imprescindible.
   Frente a una ley incuestionablemente inaplicable por su propio espíritu y por lo inoportuno de su aparición en la escena nacional, lo mejor es tomarlo con la liviandad que merece, sin entrar en consideraciones técnicas o jurídicas que hablen de derechos, de obligaciones o de conductas porque son otras las urgencias que apremian a los argentinos.
   Para colmo el legalizado engendro tendría su origen en Córdoba, donde el paso del tiempo no ha logrado eclipsar la graciosa figura de Fernando Albiero Bertapelle, “Jardín Florido” para los memoriosos, quien hizo del requiebro una religión urbana a la que los apóstatas de siempre le faltaron el respeto convalidando un injusto olvido. Uno de los hechos lamentables fue que la autora de hermosas mayólicas con la figura de Bertapelle, doña Nélida Baraldi, no encuentra el destino que tuviera una de esas obras, que en nombre del entonces intendente Giacomino retiró de su hogar-taller gente de Ceremonial de aquella administración y “nunca más se supo”.
   Además como si hicieran falta maledicencias, hicieron escuchar su desaprobación a la figura y la memoria de “Jardín Florido” algunas damas que lo consideraron una especie de “adelantado” en acosos, como si el veterano vecino de Alta Córdoba hubiera aplicado vocabulario inconveniente para sus piropos.
   El mecanismo de la consideración del anteproyecto de ley de censura a la lisonja o adulación, como le quieran llamar, ya está en movimiento y ha generado el debate popular con una enorme mayoría que asume el tema como una afrenta a la inteligencia de la gente por el hecho de marginar con tan infantil y desubicado motivo, la consideración de otros proyectos que demandan urgente atención.
   Prohibir o “regular” los piropos no nos cambiará la vida ni nos hará más buenos o peores de lo que somos.
   Simple y lamentablemente, le mostraremos al mundo que en Argentina hay legisladores con suficiente tiempo libre como para malgastarlo tan penosamente y con absoluta impunidad, en nombre de la democracia... o del feminismo.
   Y eso si que es imperdonable.
Gonio Ferrari