8 de marzo de 2018

Venusinas doncellas del 8 de marzo


LA MEZQUINDAD DE UN SOLO DIA 


   Según como lo miremos, es más o menos como el día de la madre, del padre, del niño, del amigo o del arquero, como si tuviéramos esa obligación consumista de regalar algo y por ende, dejar para la indiferencia los otros 364 restantes días del año. Es ya demasiado vetusto establecer una fecha que marque el techo especial de un afecto, porque dedicándole un solo día del calendario, ya las estamos discriminando.
   Lo mismo que el percudido argumento de que todos los días son el día de la madre, del padre, del amigo, del niño o de la Patria …
   Vivimos en un mundo acelerado cuya exacerbada avidez por endeudarnos impone conductas que en la mayoría de los casos aceptamos, sabiendo que se trata de una ridícula y evitable exigencia del mercado.
   Hay un día de la mujer y no hay un día del hombre.
   Festejamos un día del niño pero no hay un día para agasajar al adolescente.
   Hablamos del día del arquero y no hay un día del wing.
   Adoptamos un Halloween importado y no inventamos un autóctono día del ángel, de la chinita o del gauchito.
   ¿Por qué no hay un día de la soltera, otro de la solterona, uno de la casada, otro de la viuda, uno de la separada, otro de la divorciada, uno de la concubina, otro de la arrimada?  
   Dicen que hoy es el Día de la Mujer.
   Como el mejor homenaje a la igualdad por la que ellas tanto luchan, se lo han ganado para que sea un día como cualquiera.
   Como todos …
   Pero bien merece y vale abrazarla, hacerle crujir dulce y sonoramente los huesitos, despeinarla, despelotarle el rimmel, plantarle un beso, y decirle no tan solo hoy sino todos los días que es lo más maravilloso que existe en el Universo…
   Recordarle con júbilo que bien valió una costilla…
   Y así más que un saludo, será cada día y no tan solo cada 8 de marzo, un mágico y encantador acto de justicia.
   Y si el tema es hablar más de las mujeres aunque no tanto como ellas hablan de nosotros, seguramente habrá coincidencia con eso que se las entiende como al lenguaje de los pájaros: por intuición o de ninguna manera, según sostiene el pensador Henri Amiel.
   La mujer casada, en su estado perfecto es -o debe ser, si de idealizar se trata- la prolija síntesis del orden, buena mano para la cocina, indiscutible administradora, mejor planchadora de camisas, adivina de lo que su marido va a pedir, siempre sonriente, bien llevada con su suegra, de mutua adoración con las cuñadas y de dulce carácter. Hay tantas cosas para demandar a la mujer esposa por parte de los hombres, que en nuestro atávico egoísmo es como si quisiéramos imponerles tal cúmulo de obligaciones que no les dejen tiempo para vivir, para pensar y para ser felices cuando en realidad, estimo, es lo mínimo que les debemos asegurar.
   Y como no tuve hermana lo que diré ahora no será otra cosa que una simple manifestación de anhelos, posiblemente basados en experiencias ajenas, en situaciones conocidas o por simple y humana intuición porque supongo que si hay una sola palabra que sintetice a la hermana, esa palabra es “cómplice”.
   Porque no debe ser lo mismo confiarle una cuita al hermano que escucha por escuchar, embolado e indiferente casi por compromiso, que a la comprensión de ella, la que sin dudas todo lo perdona. De una que confiarle algo a la hermana es como hacerlo con la mamá, pero más joven, como confesarse con alguien que no pregunta, no reprende ni da penitencia.
   Imagino que con la hermana existe un  recóndito juego de complicidades y tácitos pactos de silencio, nacidos de una perspicacia mutua, en el sigilo y en la vocación protectora que la hermana tiene especialmente, por el simple hecho de ser mujer.
   Y con relación a la mujer amiga, el imaginario popular sostiene en la mayoría de los casos que la amistad entre un hombre y una mujer no puede existir, concepto totalmente falso siempre y cuando se lo aborde con inteligencia y desde el alma pensando con el corazón… y no con  la entrepierna.
   No es necesario arrugar sábanas con una mujer para considerarla amiga.
   No es necesaria la dependencia física recíproca, para que hombre y mujer sean amigos “con derecho de cama” como se estila.
   Basta con que piensen como personas, y actúen como tales.
   La mujer amiga es la que te aconseja sin pasiones, te contiene sin intereses secundarios y te alienta en acciones a las que otros pueden calificar como inútiles.
   La mujer amiga te cuida de sus amigas y de tus amigos.
   En pocas palabras, puedes hablar de sexo con tu amiga sin que ninguno se ponga colorado, se sobresalte o diga que no lo sabía.
   Porque una amiga es como un hermano, pero gracias a los dioses es mujer, muchas veces con un generoso desarrollo pectoral.
   Mirándola, obviamente, de la cintura hacia el norte.
   ¡Feliz día! Y que los merecidos agasajos se multipliquen…
Gonio Ferrari