19 de abril de 2018

Imperdonable insensibilidad --------------


TARIFA DE EPEC: ES UN ABUSO AL
“CORDOBESISMO” Y UNA MANERA
DESPIADADA DE  INCREMENTARLA
   De entrada nomás, vale aclarar que las conquistas sindicales se acordaron en su momento para ser respetadas, razón por la cual que a nadie se le ocurra pensar que lo que se busca es dañar los ingresos genuinos de los empleados de la EPEC. Hecha la necesaria salvedad, lo importante es consignar más allá de cualquier especulación política, gremial o sociológica, en cuánta perversa medida afecta a los cordobeses el precio de la electricidad que recibe y de qué manera brutal (y no es una exageración) impacta en el presupuesto hogareño.
   Tanto el gobierno de la provincia como los directivos de la empresa eléctrica pueden esgrimir los argumentos que mejor se les ocurran, desde las burdas e incoherentes justificaciones que nadie digiere o los tecnicismos que sólo enturbian una situación de la que es exclusiva responsable la conducción política. Porque es absurdo pensar que en la cúpula desconocen la realidad de creciente y permanente deterioro que caracteriza a la EPEC, monstruo con gerentes y empleados ricos que malsirven a una sociedad más cercana a las privaciones que a la opulencia, a la que esquilman mensualmente por un servicio plagado de huecos y remiendos.
   Que alguien tenga la honestidad de explicar por qué y a causa de qué el cordobés que en diciembre último pagó -por ejemplo- 600 pesos mensuales y este mes, consumiendo menos energía que el doble del mes citado, ahora debe pagar el triple, o sea casi 2.000 pesos.
   ¿Cuál es el agujero negro por donde “se escapan” cifras tan alucinantes si las multiplicamos por la cantidad de usuarios?
   No vengan con la niñería de echarle la culpa a la avidez por el dinero que ellos mismos alentaron en su personal, al llenarlos de prebendas con tal de evitar un malestar social entre unos pocos, pero que ahora esa legítima inquietud e impotencia se agigantan y lesionan a toda la sociedad cordobesa obligada por ser rehén, a pagar caprichos tanto de unos como de otros con el agravante de recibir un servicio decadente y ciclotímico.
   Ya percudido el cuento de la central Pilar no quedan muchos pretextos para seguir en el ejercicio de la penosa demagogia cargada de crueldad e indiferencia, hacia aquellos que no alcanzan a cubrir el consumo porque el precio de la energía crece y los sueldos pierden su poder adquisitivo, salvo en los casos de los privilegiados que gozan de beneficios que no alcanzan a la comunidad, abriendo la puerta a la lucha inevitable en este caso no de pobres contra pobres sino de empleados ricos contra gente pobre, indefensa e incapaz de otras opciones por eso del reinado monopólico.
   Hablar de “resistencia pasiva” negándose masivamente a pagar excesos inalcanzables para muchos, no sería un caso de rebelión sino el ejercicio de la legítima defensa. Poco hubiera costado hacer gradualmente los incrementos de tarifas, en paralelo con los ajustes de salarios que como siempre recorren los escabrosos caminos de las postergaciones.
   El estancamiento tecnológico tiene su precio y no es justo que por imprevisión gubernamental -que viene desde siempre- deban pagar quienes menos debieran asumirlo que son los usuarios sostenedores de la inmoralidad de un sistema superado por los tiempos.
   Habrá que ver de qué se disfrazan los que ahora desde la comodidad de sus despachos siguen con la gastada perorata del crecimiento de las prestaciones, cuando se desarrolle y acceda al nivel de masivo consumo cualquiera de las energías alternativas, como la solar que es la que más avanza.
   Porque lo acuciante es el hoy; es el día a día en que la EPEC apela a la ridiculez de achicar gastos en pavadas mientras maneja cifras siderales en obsequiosos premios para una eficiencia que no existe, en dilapidar millones de pesos en publicidad politizada en vez de instruir al usuario en las maneras de economizar porque el negocio de la empresa es que la gente consuma y en pelearse con el gremio después de haber malcriado a varias generaciones, dando el pésimo ejemplo de privilegios que el resto de la masa trabajadora no goza.
   Por todo eso es que necesita esquilmar al usuario para mantenerse allá, en el podio de lo que no debe ser, como  cobrar la electricidad -por lejos- más cara del país para un servicio que se cansa de perpetrar papelones en verano porque hace calor y en invierno porque viene el frío. Los “ganchos” del pobrerío ya son un pretexto que nadie traga porque a veces, los “ganchos internos” son mucho más dañinos sobre todo porque tienen el aislante de la impunidad.
   Dudo que los cordobeses hayamos hecho nada tan salvaje como para merecer esta penosa instancia, tan injusta como irracional y vandálica.
Gonio Ferrari