22 de agosto de 2018

Francisco y la pedofilia ----------------


EL PERDÓN DIVINO NO DEJA DE
SER ABSURDO ENCUBRIMIENTO

No es bueno que muchos curas violadores se
beneficien con la sacra impunidad en lugar de
rendir cuentas ante la Justicia de los hombres

    Así como la recóndita intimidad de los templos esconde el enorme peso que siempre ha lucido la Iglesia Católica a lo largo de la historia condicionando al poder político e imponiendo presiones ideológicas, religiosas y económicas, también el arcano oculta miserias humanas sacralizadas de indemnidad, al resguardo de la Justicia terrena, esa de los hombres que juzgan y condenan con garantías -o no en el caso de las dictaduras- del derecho a la defensa.
En los estrados judiciales no basta con pedir perdón o arrepentirse sincera o hipócritamente: los códigos de las comunidades organizadas se aplican acordes con probanzas y otras exigencias determinadas en los encuadramientos legales y las sanciones se resuelven en función de un proceso donde el fiscal acusador en nombre de la sociedad, reclama el condigno castigo o considera que cabe la absolución.
 Allí no existe el perdón divino que en muchos casos suele ser un delicado o burdo disfraz con el que se viste la impunidad.
 Se sabe que el Vaticano conocía de los abusos sexuales en Pensilvania que trascendieron en estos últimos días, al menos desde un lejano 1963 y que no hace mucho tiempo y desde la vieja Europa, el Arzobispo de Dublín le expresó al Papa que no basta con pedir perdón por los abusos, pese a que 3.420 sacerdotes terminaron condenados por la autoría de hechos aberrantes contra menores entre el 2004 y el 2015, con el detalle que 848 curas resultaron apartados del servicio sacerdotal que es  la “pena” más dura que contempla el derecho canónico, en tanto los 2.572 restantes recibieron otro tipo de sanciones, lo que equivale a evaluar que en dicho período fue sentenciado por pederastia en procesos eclesiásticos un alucinante promedio de casi un sacerdote por día.
Vigente aún el indignante recuerdo del cura Grassi, sumemos el caso de la Arquidiócesis de Paraná: allí tres sacerdotes comparecieron ante la Justicia y un tribunal ordenó encarcelar durante 25 años a Justo José Ilarraz, al conceptuarlo autor del abuso de siete seminaristas menores de edad que estaban a su cuidado.
    Un tribunal diocesano, allá por 1995 consideró culpable al cura Ilarraz y entonces la condena de sus pares había consistido en su traslado a otra ciudad, aunque poco después recibió como “castigo terrenal” un viaje de estudios al Vaticano, donde vaya ridícula paradoja se licenció en Misionología con una tesis que versó acerca de la labor de los niños en las misiones evangélicas. Y a su regreso fue derivado a Tucumán hasta que en 2012 las víctimas decidieron ventilar sus penurias y lo llevaron ante la justicia penal, por iniciativa de José Francisco Dumoulín, exsacerdote quien dejó los hábitos y luego promovió las causas judiciales por pedofilia en Paraná.
    Uno de los abusados agotó vanamente diversos recursos incluyendo la intervención del Nuncio de aquellos tiempos para llegar al Sumo Pontífice procurando que interviniera al Arzobispado de la capital entrerriana, sin obtener respuesta.
    No es cuestión de planteos religiosos, científicos ni jurídicos en la consideración de un tema tan sensible que tiene costados y aristas delicadas y complejas, porque sería entrar en tecnicismos dilatorios que aportarían más confusión que claridad.
    Pero un enfoque se impone desde la perspectiva de la realidad y es el de replantear la vigente obligación de castidad absoluta y su práctica virtualmente inalcanzable, lo que llevaría a inéditas modificaciones de tamaña rigidez que lejos está de una simple evaluación mediática: los claustros y la abstinencia son incompatibles con la natural condición humana porque debe ser difícil la indiferencia frente a las terrenas y corporales inclinaciones y apetitos.
    ¿Es que casi todo se resuelve en el sacro nombre del Señor?
    Transformar a la deidad en cómplice y encubridora, debe ser el mayor e imperdonable pecado que se puede llegar a cometer.
Gonio Ferrari