11 de septiembre de 2018

Homenaje al 11 de Septiembre y las maestras -----

DE SER LA SEGUNDA MAMÁ, FRENTE A
NUESTRO  ESTALLIDO HORMONAL ERA
YA UN TEMPRANO OBJETO DEL DESEO
¡Cuánto se extraña  aquella nube de tiza que
nos envolvía cuando borrábamos el pizarrón!

   Me atropella una desbandada de recuerdos que no vienen en fila sino desordenados y caóticos como son estos tiempos, cada vez que busco en los rincones de la memoria aquellas aulas en donde ahora es el shopping Patio Olmos y la solemnidad salesiana del Pio Décimo.
   Por entonces nuestra maestra era la segunda mamá, al menos hasta primero superior y de tercero a quinto grado pasaba a ser la totalidad de la ciencia y el conocimiento, que se espantaba con los horrores de ortografía y la ignorancia que al menos en mi caso lucía -y aún conservo- para los números, repudiados por no aportar sorpresas y ser tan insobornablemente exactos.
 Los intrincados tiempos de los verbos eran causantes tanto de cefaleas y morriñas como de posteriores reprimendas, penitencias o al volver a casa, el temible y doloroso reinado de la chancleta.
   Ya en sexto, no era la segunda mamá, pero sí la peor de nuestras censoras, la que nos convencía que el Everest era más alto que el Cerro de las Rosas, y que San Martín, lesionado y con su ejército, había cruzado los Andes.
   Y la maestra, frente a nuestra preadolescente explosión hormonal, maravillosamente se transformaba y no me avergüenzo en confesarlo, en un precoz y sorpresivo objeto de deseo.
   Por eso no olvido mis primeros viajes imaginarios a  geográficas lejanías, la importancia del Pi 3,1416 o aquella utopía de las frases que según la edulcorada historia, habían pronunciado nuestros próceres al morir.
   Pero también recuerdo con envidiable y detallada fijación las esculturales y torneadas piernas de Marta Ceballos, la ternura y los ojazos de Perla Grimaut de Milich, siempre lúcida, que nos dejó meses atrás pisando elegantemente el umbral de la centuria.
   También es gracioso evocar el fervor etílico y las narices color borravino de un par de maestros que tenía en los salesianos.
   Y ahora valoro más allá del obvio ejemplo sarmientino, el sacrificio y el compromiso de la vocación por enseñar, al menos en aquellos tiempos que la maestra era modelo de autoridad a seguir y respetar, más que compinche para las diabluras o las inconductas de sus alumnos.
   Que educaba, formaba y se llevaba tareas a su casa.
   Que nos instruía para el aula y para la vida en sociedad,  y no como ahora que por imposición de circunstancias son cocineras, confidentes, enfermeras, asesoras de sexo y administrativas.
   Por eso mi homenaje en el cálido recuerdo, no tan solo a quienes con su sentido de la generosa entrega tuvieron la dura tarea de intentar desburrarme, sino a las que con infinito cariño me marcaron un camino de decencia, de honestidad, de respeto, de la cultura del trabajo y de compromiso con el prójimo.
   Aquellas lejanas maestras, mis maestras, siguen siendo iguales a las maestras de hoy, con los cambios que sobrevinieron con la avasallante llegada del progreso en las comunicaciones.
   Si hablamos de vocación, cada maestra -urbana, marginal o rural- sabe a conciencia y con saldo positivo cuál es la cuota de sabiduría y amor que ha puesto al servicio de sus alumnos.
   Parece una tontera que después de tantos años, sienta de ellas una fantástica y milagrosa sensación de presencia; de entrar al aula, de pasar al frente, de borrar el pizarrón y aspirar lo que más se extraña, la bocanada de esa etérea y transparente nube de tiza.
   Mi admiración, mi respeto y mi enorme cariño por ellas, al igual que el patriótico e ineludible reconocimiento en el tiempo y la distancia al gigantesco Domingo Faustino Sarmiento, el Gran Sanjuanino…
   Y me asalta la obligación y el placer de brindar por las maestras de ahora y por las otras, las que quedaron allá, almanaques atrás pero muy presentes en la nostalgia y atesoradas en un rincón de mi alma del niño que fue alumno.
   Una lágrima para las ya no están.
   Admiración y respeto para las que jamás dejaron de educar…

Gonio Ferrari